domingo, 14 de junio de 2009

Pelea entre Pablo y Pedro

¿POR QUÉ SE PELEÓ CON SAN PEDRO?
El gran experimento
Una de las peleas más duras y apasionadas que se haya registrado en la Biblia es la que sostuvieron san Pedro y san Pablo en la ciudad de Antioquía, alrededor del año 48, cuando ambos se encontraron allí por casualidad, debido a cuestiones misioneras.
¿Cuál fue el motivo? Todo comenzó en Antioquía, ciudad de Siria, a 480 kilómetros al norte de Jerusalén. Hasta allí habían llegado, varios años antes, unos misioneros cristianos, provenientes de Jerusalén, para predicar a los judíos de la ciudad, que eran numerosos (alrededor de 50.000), Y decides que ya había llegado el Mesías enviado por Dios, llamado Jesús de Nazaret
(Hech 11, 19).
Mientras la comunidad cristiana iba en aumento, un día se produjo en la ciudad un hecho inesperado: algunos misioneros empezaron a predicar también a los paganos, y algunos de ellos se convirtieron y pidieron entrar en la iglesia local (Hech 11, 20-21). Los jefes de la comunidad los aceptaron, y así nació un grupo nuevo y revolucionario: la primera comunidad mixta de la historia, formada por judíos y por paganos, que compartían la misma fe en Jesucristo.

Poco después, hacia el año 36, llegaron a la ciudad dos nuevos misioneros: uno se llamaba Bernabé y el otro Pablo. Ambos habían venido a colaborar en el trabajo de organización y evangelización de la comunidad local (Hech 11,22-26).
Pronto los dos apóstoles se dieron cuenta de que la iglesia de Antioquía tenía una extraña particularidad. Mientras que sus integrantes de origen judío seguían siendo judíos y cumplían las leyes de Moisés, los de origen pagano no practicaban la ley judía.
Pablo y Bernabé, con los demás dirigentes de Antioquía, se hallaron ante un dilema: ¿había que obligar también a los paganos a cumplir la ley de Moisés? En otras palabras: los paganos que entraban en la Iglesia, ¿tenían que hacerse primero judíos?
Si decidían que no, se produciría una situación de desigualdad en la comunidad, pues algunos cristianos (de origen judío) se verían obligados a cumplir las leyes judías, con toda la carga de dificultades que eso significaba, mientas que los otros (de origen pagano) vivirían libres de esas normas. Pero si contestaban que sí, se cometería una injusticia con los segundos, pues se les impondría una carga extra cuando ellos sólo querían aceptar a Cristo y nada más.
La gran pregunta era: ¿son necesarias las leyes judías para ser un buen cristiano? Hasta ese momento se pensaba que sí. La ley de Moisés se consideraba fundamental e irrevocable. Pero ahora se había producido una situación insólita; había nacido una comunidad mixta, formada por dos clases de cristianos: cristianos-judíos y cristianos-paganos, y la respuesta que antes se daba no servía para la nueva situación.
Después de mucho reflexionar, los dirigentes de la comunidad antioquena llegaron a una respuesta: si ya Cristo nos ha salvado, y lo ha hecho con su muerte y resurrección, ¿qué necesidad hay de seguir observando las normas propiamente judías? Circuncidarse, abstenerse de ciertos alimentos o descansar el sábado nada puede añadir a la salvación realizada por Jesús. De modo que se autorizó a todos los cristianos, cualquiera fuera su origen, a vivir sin cumplir los preceptos judíos. Quien quisiera podía hacerla, pero no era ya una obligación.
Sólo mentes muy clarificadas y de gran intuición teológica podían haber realizado una reforma de ese tipo; es decir: que a pesar de que Jesús fue judío, predicó a los judíos y practicó la religión judía, los cristianos no estaban obligados a ser judíos para seguirlo. De este modo Pablo, Bernabé y los demás dirigentes de la iglesia dé Antioquía sentaron las bases de la gran universalización del cristianismo.
Esta decisión hizo que muchas otras personas de origen pagano quisieran también entrar en la comunidad cristiana de la ciudad, pues no existía más el obstáculo doloroso de la circuncisión, ni otras leyes difíciles de practicar; sólo era necesario bautizarse y aceptar el mensaje cristiano que los dirigentes predicaban (Hech 11, 21). En cambio, a los judíos les resultó cada vez más difícil aceptar el cristianismo.


Poco a poco fue apareciendo en la sociedad un nuevo grupo, desconocido hasta entonces. Hasta ese momento, a los cristianos se los consideraba judíos, porque sus prácticas exteriores eran semejantes en todo a las de ellos. Pero ahora había surgido un movimiento que no practicaba más aquellas leyes; sólo mostraban el amor al prójimo como distintivo, y celebraban ciertos ritos en nombre de Jesús. Eso nunca antes se había visto.

La gente empezó a preguntarse: ¿cómo Llamarlos? Ya no podían seguir diciéndoles judíos, como habían hecho hasta entonces, porque ahora se veía claramente la diferencia. Entonces les inventaron un nombre: los llamaron cristianos (hech 11, 26). Así fue como nació este título, creado por los vecinos de Antioquía. Más tarde se volverá tan famoso, que se extenderá por el mundo entero y se convertirá en el calificativo de millones de personas a lo largo y ancho de todo el mundo.
La nueva situación creada en Antioquía hizo surgir entre los dirigentes otra fantástica idea: ¿por qué no organizar una misión fuera de la ciudad? Así muchos otros paganos podrían conocer el Evangelio y convertirse a la nueva fe.
Pero los nuevos aires que se vivían en Antioquía llegaron pronto a la iglesia madre de Jerusalén, y sus dirigentes, más conservadores, comenzaron a ver con malos ojos lo que estaba sucediendo. ¿Cómo se habían atrevido los antioquenos a tomar semejante decisión de abandonar la ley de Moisés? Eso equivalía a tirar por la borda mil años de tradición. Y decidieron enviar a Antioquía algunos emisarios para comunicar el malestar provocado en Jerusalén por su actitud (Hech 15, 1).
Pablo se molestó mucho con la llegada de estos enviados, a tal punto que en una de sus cartas llega a tacharlos de intrusos, falsos hermanos, infiltrados, y espías (Gál 2,4). Y la división estalló en la comunidad. Mientras algunos aceptaban a los legados, otros los rechazaban. Los diversos grupos de cristianos se miraban con desconfianza, y un clima enrarecido se instaló en la otrora feliz Antioquia.
Para acabar con las tensiones y aclarar la cuestión, la comunidad antioquena decidió enviar una delegación a Jerusalén para que expusiera la nueva postura. Los enviados partieron, así, encabezados por Pablo, Bernabé y Tito (Gál 2, 3). Era el año 48.

Al llegar a Jerusalén, los antioquenos fueron muy bien recibidos, y se celebró una primera reunión entre Pablo y los principales dirigentes de Jerusalén, es decir, Pedro, Santiago y Juan (Gál 2, 2b).
En esta reunión plenaria, Pablo expuso delante de todos el Evangelio que él predicaba, y contó cómo había desarrollado su actividad misionera entre los paganos fuera de Antioquía. Los cristianos de Jerusalén, de mentalidad más rígida, lo escucharon con atención, pero le replicaron que los judíos eran el pueblo elegido por Dios; por eso, si un pagano se convertía al cristianismo debía antes hacerse judío y cumplir las leyes de Moisés. Pero Pablo insistió en que la postura antioquena sostenía que para Dios no hay acepción de personas (Gál 2, 6), que no era necesario hacerse judío para ser cristiano, y contaba cómo durante la misión realizada en Chipre y Asia Menor, Dios había derramado su Espíritu sobre tantos paganos. Dios mismo daba testimonio de que el Evangelio no necesitaba de la ley de Moisés.

El debate fue intenso y apasionado, y hubo una fuerte discusión. Los cristianos-judíos de Jerusalén tenían más peso en la comunidad de lo que Pablo hubiera querido, y si bien no rechazaban la evangelización de los paganos (Gál 2, 3), tampoco veían las bondades del proceder paulino.
Terminada la asamblea, los principales de Jerusalén y Pablo volvieron a reunirse en privado (Gál 2, 6). El argumento que esta vez usó Pablo para tratar de persuadirlos fue el del apostolado de Pedro: si éste sentía el llamado de Dios para evangelizar a los judíos, ¿por qué Pablo no podía sentir el llamado de Dios para evangelizar a los paganos? (Gál 2, 7-8).
Los dirigentes de la iglesia madre finalmente se convencieron. Aceptaron que Pablo y Bernabé siguieran trabajando en la misión antioquena, es decir, en la evangelización de los paganos, sin obligarlos a circuncidarse ni a cumplir la ley judía. Mientras tanto, los cristianos de Jerusalén seguirían dedicados como hasta entonces a la misión entre los judíos. Y el acuerdo se rubricó con un apretón de manos (Gál 2, 9).
La delegación antioquena obtuvo, así, un resonante triunfo pastoral. Pablo estaba feliz. No le habían impuesto ninguna condición (Gál 2, 6), habían reconocido su trabajo, y la teología antioquena de que el hombre se salva sólo por Jesucristo, y no por el cumplimiento de la ley judía, había sido aprobada. Nadie sospechaba los negros nubarrones que pronto se cernirían sobre Antioquía.

Meses después de la asamblea de Jerusalén, sucedió un hecho imprevisto: llegó Pedro de visita a Antioquía. Lo recibieron cordialmente, y pudo comprobar el éxito grandioso de la labor de Pablo y Bernabé. Cómo había crecido la comunidad, y cómo vivían los hermanos antioquenos, libres de toda ley incómoda y asfixiante. Tan distinto a como se vivía en Jerusalén, donde todavía los cristianos seguían observando minuciosamente los preceptos de Moisés.
Pedro se sintió tan a gusto, que él mismo se sumó a aquella forma de vida cristiana de la comunidad, como si fuera un miembro más, viviendo según el particular estilo surgido en Antioquía.
Todo habría continuado bien, de no haber sido por el arribo, poco después, de un grupo de cristianos "conservadores" de Jerusalén. Éstos, al ver el comportamiento laxo que allí llevaba Pedro, comiendo con paganos, aceptando todo tipo de alimentos y viviendo sin sujeción a la ley, quedaron sorprendidos.
¿Qué sucedió entonces? ¿Le dijeron algo a Pedro? ¿O fue éste quien se sintió incómodo, y temió provocar un escándalo a los recién llegados? No lo sabemos. Lo cierto es que Pedro decidió dar marcha atrás, y asumir de nuevo una actitud más estricta, apartándose de los cristianos-paganos y juntándose sólo con los cristianos-judíos. Rompió así la unidad de la iglesia y desgarró la comunión que había en el grupo (Gal 2, 12).
La actitud de Pedro tuvo consecuencias desastrosas. Debido a su prestigio, todos los cristianos de origen judío lo imitaron, separándose de los cristianos de origen pagano. Hasta Bernabé, que tanto había defendido a los antioquenos junto a Pablo en Jerusalén, esta vez apoyó la postura de Pedro (Gál 2, 13). Pablo y los cristianos-paganos se quedaron solos.


Ante la división surgida en la comunidad, Pablo delante de todos reprendió duramente a Pedro (Gál 2, 14). Lo llamó hipócrita, lo mismo que a Bernabé y a los demás cristianos-judíos (Gál 2, 13). Le preguntó: ¿ahora hay que celebrar dos mesas separadas? ¿Hay que tener dos comunidades distintas? Para Pablo estaba en juego la verdad del Evangelio, es decir, la igualdad de derechos de los paganos (Gál 2, 14). ¿Acaso no se había decidido eso ya en Jerusalén? Volver a la práctica anterior era dar un paso atrás.
Pedro respondió que sólo se trataba de una actitud práctica, pero Pablo veía las enormes implicaciones teológicas de esa práctica. Estaba en peligro la salvación que Cristo había venido a traer. Si la salvación se alcanzaba mediante la ley de Moisés, entonces Cristo había muerto en vano (Gál 2, 21).
Todo fue inútil. Pedro no cedió. Y Pablo comprendió que estaba derrotado y aislado. Ya no tenía nada que hacer en Antioquía. Su comunidad había aceptado volver a las prácticas judías. Decidió entonces marcharse y emprender una nueva misión, lejos, entre los paganos, donde pudiera hacer valer las decisiones de la asamblea de Jerusalén sin injerencias de los más rígidos. Así, después de trece años de trabajar sin descanso en la ciudad, dando lo mejor de sí, Pablo debió tomar sus cosas e irse, sin pena ni gloria. Se separó de Bernabé, e inició su segundo viaje misionero, esta vez sin depender de Antioquía. Es el período de su llamada "misión independiente". Sólo lo acompañó Silas, uno de los pocos defensores que le quedaban en la ciudad.
¿Qué pasó después? Las autoridades de Jerusalén, al enterarse del conflicto, decidieron que no era conveniente que en Antioquía se viviera sin observar ninguna ley judía, como habían resuelto antes. Pero tampoco quisieron imponer/es todas las leyes. Redactaron entonces un decreto estableciendo que debían observar sólo cuatro normas: a) no comer carne sacrificada a los ídolos; b) no comer sangre; c) no comer animales sin desangrar; d) y evitar casamientos entre parientes próximos (Hech 15, 13-29).
Cuando el decreto llegó a Antioquía, Pablo ya se había marchado, así que nunca tuvo noticias de él. Al menos no hay señales, durante el resto de su actividad misionera, de que lo hubiera conocido. Ello le evitó una nueva amargura, porque el decreto, más que una medida de conciliación, significaba un paso atrás en relación con el acuerdo de Jerusalén, y ponía a los cristianos-paganos definitivamente en un rango interior.
¿Qué fue de Bernabé y Pedro? No lo sabemos. Al parecer, ambos se replantearon su actitud, y volvieron a su antigua opción antioquena, más abierta. Al menos vemos que Pablo menciona más tarde a ambos (1 Cor 9,5.6), sin dejar traslucir rencor alguno ni resentimientos personales.

Pablo perdió la discusión en Antioquía, de modo que dolido y derrotado tuvo que abandonar la ciudad. Sin embargo el tiempo le daría la razón. Su propuesta de prescindir de la ley judía, que había sido rechazada, se convertirá más tarde en la norma general de las comunidades cristianas, y finalmente se impondrá en toda la Iglesia universal.

Pero más allá de su éxito póstumo, la disputa entre Pedro y Pablo fue enormemente provechosa como enseñanza para la Iglesia. En efecto, Pedro se animó a discutir con Pablo, ya sea a solas, como en asamblea pública, y después otra vez en Antioquía. Y lo grandioso es que Pedro siempre se mostró dispuesto a debatir, dialogar y confrontar. Nunca consideró un error la postura de Pablo, aun cuando no la compartiera. Y ese altercado sirvió para que se pensara, discutiera y examinara una de las cuestiones fundamentales de la fe cristiana, como es la de la salvación (k Cristo basada en la Pascua y no en la ley de Moisés.

Ése es el mensaje que nos dejaron estos dos pilares del cristianismo: que la Iglesia debe aprender a discutir y a dialogar todos los temas, incluso los más graves y comprometidos, aun cuando parezca que la postura contraria es errónea. Porque como dice Rabindranath Tagore con la belleza de sus palabras:
"Si cierras la puerta a todos los errores, terminarás dejando afuera a la verdad".

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada